Mil maneras de vencer a la muerte: curiosidades imperiales decimonónicas

El Reino de Todos los Días

En estos muros viejos abundan historias, por decir lo menos, insólitas. En verdad que éramos buenos para eso. Éramos buenísimos para embalsamar cadáveres y conservarlos casi en el mismo estado en el que nuestro pariente, amigo o cliente estaba antes de irse al mundo de los muertos.  Uno más de los múltiples recursos que, a lo largo de los siglos, los hombres han inventado para timar a la muerte, o al menos, para hacer el intento. Si lo que nos horroriza de la muerte, además del ya-no-ser, del ya-no-estar, es el deterioro que nuestra pobre carne, tan terrenal, experimenta, también hemos intentado exorcizar dicho espanto jugando a los zombies, poniéndolos a luchar contra Abraham Lincoln, imaginando que Jane Austen pudo haber escrito una novela decimonónica con ellos,  convirtiéndolos en estrellas de serie de televisión. La verdad es que nuestras diversiones posmodernas no son sino máscaras de carnaval oscuro, con las que intentamos olvidar por un rato la vieja máxima medieval, colocada…

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Me caí del mundo, y no sé por dónde se entra

EDUARDO-GALEANO-me-cai-del-mundo“…a lo perenne lo han vuelto caduco y a lo caduco lo hicieron perenne.”

~Eduardo Galeano

Hace unos días, me topé con este artículo magistralmente escrito por el gran Eduardo Galeano y publicado por diarioUchile.

Quedé encantada con el gran sentido del humor con el que aborda un tema que en realidad, no tiene nada de “gracioso”, esto es, la facilidad con la que nuestra sociedad actual de deshace de cualquier cosa, o de cualquier persona o compromiso.

Espero que no sólo lo disfruten, sino que como a mí, los invite a reflexionar acerca del desdén que actualmente tenemos por todo, y de la importancia que tiene que volvamos un poco sobre nuestros pasos; nuestros seres queridos, nuestra sociedad, nuestra salud y el medio ambiente nos lo agradecerán.

Me caí del mundo y no sé por dónde se entra (para mayores de 50)

por Eduardo Galeano

Lo que me pasa es que no consigo andar por el mundo tirando cosas y cambiándolas por el modelo siguiente sólo porque a alguien se le ocurre agregarle una función o achicarlo un poco. No hace tanto, con mi mujer, lavábamos los pañales de los críos, los colgábamos en la cuerda junto a otra ropita, los planchábamos, los doblábamos y los preparábamos para que los volvieran a ensuciar. Y ellos, nuestros nenes, apenas crecieron y tuvieron sus propios hijos se encargaron de tirar todo por la borda, incluyendo los pañales. ¡Se entregaron inescrupulosamente a los desechables!

Si, ya lo sé. A nuestra generación siempre le costó botar. ¡Ni los desechos nos resultaron muy desechables! Y así anduvimos por las calles guardando los mocos en el pañuelo de tela del bolsillo. Yo no digo que eso era mejor. Lo que digo es que en algún momento me distraje, me caí del mundo y ahora no sé por dónde se entra. Lo más probable es que lo de ahora esté bien, eso no lo discuto. Lo que pasa es que no consigo cambiar el equipo de música una vez por año, el celular cada tres meses o el monitor de la computadora todas las navidades.

Es que vengo de un tiempo en el que las cosas se compraban para toda la vida. Es más ¡Se compraban para la vida de los que venían después! La gente heredaba relojes de pared, juegos de copas, vajillas y hasta palanganas.

El otro día leí que se produjo más basura en los últimos 40 años que en toda la historia de la humanidad. Tiramos absolutamente todo. Ya no hay zapatero que remiende un zapatero, ni colchonero que sacuda un colchón y lo deje como nuevo, ni afiladores por la calle para los cuchillos. De “por ahí” vengo yo, de cuando todo eso existía y nada se tiraba. Y no es que haya sido mejor, es que no es fácil para un pobre tipo al que lo educaron con el “guarde y guarde que alguna vez puede servir para algo”, pasarse al “compre y bote que ya se viene el modelo nuevo”. Hay que cambiar el auto cada tres años porque si no, eres un arruinado. Aunque el coche esté en buen estado. ¡Y hay que vivir endeudado eternamente para pagar el nuevo! Pero por Dios.

Mi cabeza no resiste tanto. Ahora mis parientes y los hijos de mis amigos no sólo cambian de celular una vez por semana, sino que, además, cambian el número, la dirección electrónica y hasta la dirección real. Y a mí me prepararon para vivir con el mismo número, la misma mujer, la misma casa y el mismo nombre. Me educaron para guardar todo. Lo que servía y lo que no. Porque algún día las cosas podían volver a servir.

Si, ya lo sé, tuvimos un gran problema: nunca nos explicaron qué cosas nos podían servir y qué cosas no. Y en el afán de guardar (porque éramos de hacer caso a las tradiciones) guardamos hasta el ombligo de nuestro primer hijo, el diente del segundo, las carpetas del jardín de infantes, el primer cabello que le cortaron en la peluquería… ¿Cómo quieren que entienda a esa gente que se desprende de su celular a los pocos meses de comprarlo? ¿Será que cuando las cosas se consiguen fácilmente, no se valoran y se vuelven desechables con la misma facilidad con la que se consiguieron?

En casa teníamos un mueble con cuatro cajones. El primer cajón era para los manteles y los trapos de cocina, el segundo para los cubiertos y el tercero y el cuarto para todo lo que no fuera mantel ni cubierto. Y guardábamos…  ¡¡Guardábamos hasta las tapas de los refrescos!! Los corchos de las botellas, las llavecitas que traían las latas de sardinas.  ¡Y las pilas! Las pilas pasaban del congelador al techo de la casa. Porque no sabíamos bien si había que darles calor o frío para que vivieran un poco más. No nos resignábamos a que se terminara su vida útil en un par de usos.

Las cosas no eran desechables. Eran guardables. ¡Los diarios! Servían para todo: para hacer plantillas para las botas de goma, para poner en el piso los días de lluvia, para limpiar vidrios, para envolver. ¡Las veces que nos enterábamos de algún resultado leyendo el diario pegado al trozo de carne o desenvolviendo los huevos que meticulosamente había envuelto en un periódico el tendero del barrio! Y guardábamos el papel plateado de los chocolates y de los cigarros para hacer adornos de navidad y las páginas de los calendarios para hacer cuadros y los goteros de las medicinas por si algún medicamento no traía el cuentagotas y los fósforos usados porque podíamos reutilizarlos estando encendida otra vela, y las cajas de zapatos que se convirtieron en los primeros álbumes de fotos y los mazos de naipes se reutilizaban aunque faltara alguna, con la inscripción a mano en una sota de espada que decía “éste es un 4 de bastos”.

Los cajones guardaban pedazos izquierdos de pinzas de ropa y el ganchito de metal. Con el tiempo, aparecía algún pedazo derecho que esperaba a su otra mitad para convertirse otra vez en una pinza completa. Nos costaba mucho declarar la muerte de nuestros objetos. Y hoy, sin embargo, deciden “matarlos” apenas aparentan dejar de servir.

Y cuando nos vendieron helados en copitas cuya tapa se convertía en base las pusimos a vivir en el estante de los vasos y de las copas. Las latas de duraznos se volvieron macetas, portalápices y hasta teléfonos. Las primeras botellas de plástico se transformaron en adornos de dudosa belleza y los corchos esperaban pacientemente en un cajón hasta encontrarse con una botella.

Y me muerdo para no hacer un paralelo entre los valores que se desechan y los que preservábamos. Me muero por decir que hoy no sólo los electrodomésticos son desechables; que también el matrimonio y hasta la amistad son descartables. Pero no cometeré la imprudencia de comparar objetos con personas.

Me muerdo para no hablar de la identidad que se va perdiendo, de la memoria colectiva que se va tirando, del pasado efímero. De la moral que se desecha si de ganar dinero se trata. No lo voy a hacer. No voy a mezclar los temas, no voy a decir que a lo perenne lo han vuelto caduco y a lo caduco lo hicieron perenne.

No voy a decir que a los ancianos se les declara la muerte en cuanto confunden el nombre de dos de sus nietos, que los cónyuges se cambian por modelos más nuevos en cuanto a uno de ellos se le cae la barriga, o le sale alguna arruga.  Esto sólo es una crónica que habla de pañales y de celulares. De lo contrario, si mezcláramos las cosas, tendría que plantearme seriamente entregar a mi señora como parte de pago de otra con menos kilómetros y alguna función nueva. Pero yo soy lento para transitar este mundo de la reposición y corro el riesgo de que ella me gane de mano y sea yo el entregado.

La primera biblioteca sustentable de Latinoamérica está en Tepoztlán, Morelos, México

Cuenta con un acervo de más de 40 mil ejemplares entre libros y material audiovisual y la lógica ecológica de su estructura ha llamado la atención del mundo.

El Doctor en derecho Pedro López Elías, oriundo de los Mochis Sinaloa, en su niñez vivió con pocos recursos, luego con el tiempo y por su amor a la educación, consiguió un acervo de hasta 40 mil libros. Por ello, y su interés por una cultura ecológica, inició la construcción de la primera biblioteca 100% autosustentable de toda América Latina.

Primero esta inició como un proyecto privado, pero luego decidió hacerlo público, abierto  así para cualquier persona.

Los motivos por los que es es la biblioteca más ecológica de Latinoamérica

Eficiencia Energética: cuenta con 42 mil paneles solares que generan 10,000 Kilowatts de energía eléctrica.

El edificio aprovecha el fenómeno conocido como convención para reducir la necesidad de aire acondicionado. La inyección de aire frío permite que el aire caliente suba y sea extraído por chimeneas y posteriormente es atrapado en trampas en la azotea; luego ese calor es usado como energía renovable.

También sus equipos de cómputo, audiovisuales, de iluminación, ventanas y deshumidificadores, cuentan con la certificación Energy Star, lo que los hace energéticamente más eficientes.

Ventilación: su sistema de ventilación elimina el exceso de humedad, lo que a su vez protege los libros y también filtra los agentes contaminantes como polvo y suciedad y sustituye el aire añejo por fresco que proviene del exterior.

Captación de agua de lluvia y purificación: su sistema almacena hasta 653 m3 de agua, la cual, con su sistema, es filtrada y purificada para su autoconsumo. Asimismo su biodigestor transforma las aguas negras en de riego.

Eficiencia de agua: tiene instalada un sistema de goteo y de migitorios secos, lo cual permite una reducción significativa del agua usada adentro y fuera de la biblioteca.

Iluminación: cuenta con lámparas LED de bajo consumo.

Los materiales ecológicos en el edificio: la pared del edificio está formada por papel periódico reciclable, su concha acústica está decorada a partir de botellas usadas; el tapete de la puerta está formado por residuos del edificio, el deck de la terraza ha sido hecho con aserrín y residuos de madera, etc…

Source: La primera biblioteca sustentable de Latinoamérica está en Tepoztlán, Morelos (FOTOS) –

Lo que nutre al árbol

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Hoy regando,  vi cómo las hojas y las flores de esta hermosa bugambilia cubrían la tierra sobre sus raíces.  Estas hojas y flores se reintegrarán a la tierra y terminarán nutriendo las raíces del árbol al que una vez estuvieron ligadas completando así un ciclo perfecto.
Comprendí que así como el árbol se nutre de sus pérdidas, igualmente lo hacemos, o debemos hacerlo nosotros.
No debemos lamentar nuestras pérdidas: sueños rotos, proyectos no completados, o que simplemente llegan a su fin, momentos alegres que añoramos, personas que mueren o se van, relaciones que terminan o interrumpen a causa del curso natural de la vida que inevitablemente nos separa, etc.
Así como lo hace el árbol, también nosotros debemos nutrirnos de nuestras pérdidas.
Aprovechar su sustancia para fortalecernos, crecer y florecer.

El peligro de ponerse la foto de perfil con el filtro de la bandera francesa

My Way, el blog d'Èric Lluent

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A raíz del atentado de este viernes en París, Facebook ha impulsado un filtro opcional para todos los usuarios de la red. En esta ocasión, el filtro pretende solidarizarse con las víctimas del atentado convirtiendo tu foto de perfil en una imagen que funde la original con los colores de la bandera de Francia. Por supuesto, minuto tras minuto los usuarios van utilizando la herramienta, llevados por el choque emocional que suponen los ataques en la capital francesa. Es evidente (aunque no creo que sea deseable) que en el mundo hay muertos de primera y muertos de segunda, incluso de tercera y cuarta. Es hasta cierto punto entendible que a un ciudadano europeo le aflija más un atentado en París que otro en Beirut. De hecho, si tenemos en cuenta la cobertura mediática que se hace de uno y de otro sería de extrañar que a un ciudadano…

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